sábado, 21 de agosto de 2010

Rodin, el Escultor de Sarmiento

La polémica escultura de Sarmiento
realizada por Rodin
Más de 20 mil personas han pasado ya por la exposición "La era de Rodin", montada en el Museo Nacional de Arte Decorativo, en Capital Federal. Y no es para menos, si se tiene en cuenta que se trata del "primer artista moderno", tal como lo considera la crítica. Pero hay un valor extra que acerca a este célebre francés al corazón sanjuanino: fue quien realizara, por encargo del gobierno argentino, el monumento a Domingo Faustino Sarmiento, en bronce, emplazado en el parque 3 de Febrero, en Buenos Aires, que tiene además en su base una espléndida figura de Apolo (el vencedor de las tinieblas).

La inauguración de esta obra fue el acto central de los festejos del 25 de mayo de 1900, de la que dijo el diario El País en su edición del día siguiente: "Batallador hasta en estatua, (Sarmiento) enciende la lucha en su alrededor".
La historia de esta escultura comenzó con la noticia de la muerte de Sarmiento, ocurrida en Paraguay el 11 de septiembre de 1888 y difundida dos días después en Buenos Aires. El 14 de septiembre, los directores de los principales diarios porteños, entre los que se encontraban Bartolomé Mitre (La Nación), Martín Gainza (La Prensa) y Manuel Láinez (El Diario), decidieron encabezar una campaña para erigir un monumento a la memoria del general Sarmiento, destacando el carácter "eminentemente popular" que debía tener la obra.
El Beso
De todos modos, tan lúcida intención no era totalmente filantrópica: los promotores del monumento -Torcuato de Alvear, Aristóbulo del Valle, Lucio Vicente López, Leandro Alem, Emilio Mitre y los citados Bartolomé Mitre y Manuel Láinez, entre otros- encontraban en la muerte de Sarmiento y su memoria la oportunidad para manifestar su desacuerdo con el gobierno de Juárez Celman.
Lo cierto es que se actuó con una celeridad asombrosa. En un mes se crearon a tal efecto comisiones provinciales recaudadoras de fondos en Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba y Catamarca, y en el exterior en Santiago de Chile, Montevideo y París. Fue también a fines de septiembre de 1888 que se designó a Aristóbulo del Valle como responsable de la "Sub Comisión Artística" y se sugirió que el monumento fuera emplazado en el Parque Tres de Febrero, uno más de los grandes legados sarmientinos. Finalmente, Eduardo Schiaffino (director del por entonces recientemente creado Museo Nacional de Bellas Artes), de regreso de Europa en 1891 influyó en Del Valle para que el monumento le fuera encargado nada menos que a Auguste Rodin, en ese tiempo el escultor más relevante de Francia y alrededores.
Las Manos
Así fue que el 30 de noviembre de 1895 se firmó el contrato por el que Rodin se aseguró legalmente garantías para el pago de la obra, que ascendía a 75.000 francos, y la no aceptación de exigencias artísticas que provinieran de la Comisión. Ante la muerte de Aristóbulo en 1896, en los cuatro años siguientes Miguel Cané fue el encargado de velar por la realización de la obra, estableciendo un conmovedor diálogo epistolar con el escultor.
El 25 de mayo de 1900 fue el día elegido para la inauguración. Luego de un sobrio tedeum, la actividad central del festejo (que los diarios calificaron de "imponente", "grandioso", "el más grande de la historia del país") fue el descubrimiento de la estatua. En Palermo se reunieron entre 70.000 y 100.000 personas. Desfilaron las fuerzas del ejército de línea, la brigada de marina, la brigada de tierra y la guardia nacional. Pronunciaron discursos el presidente Roca, el ministro Cané y el embajador de Chile.
Sin embargo, y más allá de la pompa, el monumento propiamente dicho no venía con buena prensa. Hacía días que la opinión pública estaba siendo alertada por diferentes artículos periodísticos, como fue el de Caras y Caretas del 15 de mayo, en el cual se hacían sutiles pero intensos comentarios adversos basados en la falta de parecido físico.
"Es difícil, algo más feo, vulgar, casi repulsivo, y por lo tanto menos parecido a Sarmiento; frente fugitiva, deprimida como la de un reptil, nariz pequeña y ondulada", decía La Nación en su edición del 27 de mayo. Eduardo Schiaffino, también desde las páginas de La Nación, fue el único que con un juicio lúcido hizo un pormenorizado análisis plástico de la obra de Rodin, tratando de deslindar el monumento del personaje.
Auguste Rodin
La campaña contra el Sarmiento alcanzó tal virulencia que fue necesario ponerle custodia para evitar que se lo dañara, y hasta se pensó en levantar otro monumento. Durante los meses siguientes a la inauguración, la prensa registró las controversias, entre ellas una célebre polémica entre Schiaffino y Paul Groussac, el francés que fuera por cuarenta años director de la Biblioteca Nacional.
Rodin, desde París, siguió atentamente el asunto. Miguel Cané lo mantuvo al tanto. En una carta fechada el 27 de mayo de 1900, por ejemplo, que se conserva en el Archivo del Museo Rodin de París, le dice: "Mi querido maestro: La inauguración ha tenido lugar el 25 de Mayo y estamos aún en plena batalla de opinión sobre vuestra obra de arte. Ante todo, no quiero ocultar mi impresión desagradable, incluso mi decepción, cuando al hacer abrir la caja que contenía la estatua vi que no había agregado nada, ni suprimido nada, ni modificado nada de la figura del Sarmiento. Pasé dos años suplicándole, usted sabe con qué insistencia, que le diera a los rasgos y a la cabeza todo el parecido posible con el original. El señor Pellegrini, antes y sobre todo después de mi partida, le hizo el mismo pedido. Usted nos prometió tener en cuenta nuestros razonamientos, que en el fondo no modificaban en nada sus ideas generales sobre lo que debe ser un monumento conmemorativo / El resultado está aquí: en lugar de ser recibida con una aclamación unánime, porque yo encuentro muy bella su obra, todos están desconcertados por la figura simiesca de Sarmiento, su frente aplastada, sus pequeños ojos punzantes, mientras que él los tenía redondos como los de los bueyes de que hablaba Homero; sus cabellos cayendo en la nuca, mientras que él casi no tenía, etc. ¡Qué lamentable! / Hubiera querido escribirle otra carta que ésta; usted conoce mi admiración y el afecto que le tengo, pero al mismo tiempo recordar la leal franqueza con la que siempre le hice mis observaciones".
Por otra parte, en junio de 1900 Rubén Darío recorrió en París el Pabellón Rodin en la plaza de l\'Alma, con motivo de la exposición Universal. Estas fueron sus impresiones: "En cuanto al Sarmiento que ha despertado en Buenos Aires las mismas tempestades que aquí el Balzac (otra obra polémica de Rodin), se exponen varias fotografías. Conozco las distintas opiniones de la prensa argentina, los rudos mazazos del señor Groussac, los líricos y sutiles comentarios de Eduardo Schiaffino y la necesidad de vigilancia policial para librar al monumento de la indignación iconoclasta / (Pero) los que han visto el Sarmiento admiran la obra, sobre todo el pedestal, el Apolo. André Veidaux dice de él en un reciente estudio que es una cosa maravillosa de decoración, un prodigio desconcertante de gracia olímpica y de brillante juventud".
En medio de tanto revuelo, Rodin ofreció modificar el rostro de Sarmiento, que es donde se concentraban las críticas. Por suerte esto no sucedió.

Fuente: www.diariodecuyo.com

No hay comentarios: