sábado, 28 de agosto de 2010

De Novela: "El Beso" de Elizabeth Hickey

Una conmovedora historia de amor tan sutil y sensual como las obras de Klimt.
Viena, 1886: en la elegante urbe centroeuropea, una niña de 12 años, Emilie Flöge, conoce al carismático y controvertido pintor Gustav Klimt, uno de los líderes de la Secesión, el movimiento que revolucionaría el arte europeo.
Contratado por los padres de la joven para darle lecciones de dibujo, Klimt introduce a Emilie en el mundo de la bohemia, donde pululan artistas disolutos, modelos de reputación equívoca y decadentes mecenas de las artes, cuyas idas y venidas fascinan y atemorizan a la joven burguesa.
Entre el pintor y su discípula se inicia una relación marcada por el secreto y la sensualidad: la muchacha será la amante de uno de los artistas más fascinantes del siglo XX. Con su ayuda, abrirá una exclusiva tienda de modas y se convertirá en toda una figura de la sociedad vienesa.
Emilie permanecerá al lado del pintor en la hora del triunfo y también cuando lo acechen las sombras del escándalo y la tragedia.

Gustav Klimt tuvo una musa secreta y esta novela cuenta su historia 
Así empiezan las primeras páginas de esta novela que se puede conseguir en cualquier librería:
Kammer am Attersee
21 de octubre, 1944
Emilie Flöge
CUANDO abandoné Viena, lo único que me llevé fue una gruesa carpeta de cuero con un cierre de plata. Tuve que salir rápidamente y dejar muchas cosas atrás. Un armario de palisandro que Koloman Moser había construido para mí. Un juego de doce cubiertos de plata vienesa diseñado por Hoffmann. Mi colección de vestidos. Un traje de los famosos Delfos de Fortuny. Otro amarillo pálido cortado al bies confeccionado por madame Vionnet. Los pantalones de estilo árabe azul zafiro de Paul Poiret con las enjoyadas zapatillas a juego. Y los cuadros, lo más preciado de todo. Resultaban demasiado grandes y difíciles de llevar en el tren. Por eso, una vez que comprendí que no podría viajar con ellos, me pareció ridículo llevar metros de tela, alfileres de sombrero o recortes de periódicos y revistas de moda. ¿Qué intentaba hacer? ¿Un altar con las reliquias de mi antigua vida mientras lo más importante se quedaba en el armario de un departamento abandonado?
Mi sobrina Helene elaboró la lista de las cosas que necesitábamos, hizo las maletas y se fue a comprar hilo, medias de lana y linimento de alcanfor. Me dije entonces que necesitaba sentirse ocupada, que le hacía un favor dejándola que preparara todo, aunque sólo fuera una mentira, una excusa para mi estado de turbación. No podía ayudarla porque, si lo hacía, habría sido como admitir que nos estábamos yendo.
Emilie Flöge, pintada por Klimt (fragmento)
Subí al tren imaginando que atravesaba la ciudad para llevar la carpeta a alguna galería, y fue esta segunda mentira la que consiguió que no me arrojara a la vía. Tenía miedo de morir sin volver a ver la ciudad.
“¿Desde cuándo eres tan histriónica?”, me preguntó mi sobrina, hija de mi hermana Helene y también su tocaya, que a veces me recuerda más a mi otra hermana, la pragmática Pauline. “Estás empezando a parecerte a la abuela —apuntó—. No nos vamos tan lejos y, por lo que sabemos, la guerra se habrá acabado en seis meses.” Me pasó un panecillo duro con una gruesa capa de mantequilla en el centro.
Emilie Flöge y Gustav Klimt
El tren estaba invadido por niños sudorosos que llevaban abrigos sobre las capas de sacos y pulóveres que les habían puesto debajo y por mujeres que cargaban abultados fardos con teteras, soperas y cubiertos envueltos en sábanas. Las mujeres eran delgadas y adustas, de caras grises. Aunque la capa externa de sus ropas era seguramente la mejor que tenían, la mayoría de las faldas estaban descoloridas y raídas, y los sacos de los niños remendados con parches de tela que no hacían juego y cosidos con un grueso hilo oscuro que acentuaba aún más su lamentable condición.
Cruzamos lentamente la ciudad, pasamos los suburbios y las ciudades de la periferia, parando continuamente para embarcar a más y más familias. Tras cada nueva parada pensaba que ya no cabría nadie más, pero entonces veía a la multitud esperando en la siguiente estación y sabía que les haríamos un hueco. Se apilaban sobre las valijas, hacinados como tazones unos encima de otros.
Atravesamos peladas colinas donde alguna vez se cultivaron viñedos. Cruzamos campos embarrados donde cientos de personas acampaban resguardándose juntos bajo cualquier trozo de lata o periódico.
Pasamos junto a cuarteles del ejército. Las carreteras estaban invadidas por camiones llenos de soldados.
Le di mi panecillo a una chiquilla de mejillas hundidas que estaba sentada en el suelo frente a mí. Se lo metió entero en la boca y pareció tragárselo sin masticarlo. La vehemente gratitud de su madre me avergonzó.
Cinco horas más tarde el tren llegó a nuestra estación, dos paradas al este de Salzburgo, y nos depositó en nuestro exilio. Me era imposible fingir que llegábamos para pasar las vacaciones de verano: las nubes tenían un color gris metálico y el lago estaba frío como el hielo. Los abedules se mostraban desnudos y trémulos. Arriba, en las montañas, nevaba.
Echo de menos mis cosas. Tengo tanto tiempo libre en mis manos.
Guardo la carpeta de cuero dentro del escritorio Biedermaier de mi dormitorio. Mi padre amaba los Biedermaier igual que si se tratara de una pipa bien hecha. Ahí, erguido, con su acabado tan artesanal y correcto, constituye un reproche de todo lo que no soy.
Algunas tardes, cuando el sendero hacia el lago está demasiado enfangado incluso para mí y los truenos retumban por el valle como descargas de mortero, o quizá sean las descargas de mortero las que retumban en el valle como truenos (es difícil distinguirlo), saco la carpeta del armario y la pongo sobre la cama. Su gruesa piel está arañada y raspada, y huele como los coches de caballos que solían alinearse detrás de la iglesia de San Esteban. Parece fuera de lugar en esta colcha de encaje que me ha pertenecido desde que era niña. La observo durante unos instantes y paso mi mano sobre ella como si fuera una cervatilla que acabara de matar; entonces abro el cierre y la vuelco para que los dibujos caigan sobre la cama. Ciento doce en total, para ser exactos. Me quedo sentada junto al montón y voy tomándolos de uno en uno. Hago pequeños montones, subconjuntos, y los ordeno según la pose, el modelo o la fecha. Los clasifico según mi orden de preferencia, colocando mis favoritos encima.
Todos son diferentes: algunos están dibujados con carboncillo, otros con lápiz de grafito y otros con ceras de colores. Unos son del tamaño de la palma de mi mano y otros están doblados muchas veces para que quepan dentro de la carpeta. Algunos son de un papel grueso y pesado de acabado rugoso, mientras que otros tienen un papel tan fino que resbala entre los dedos y caen al suelo. Y otros están medio borrosos y se deshacen y resquebrajan en mis manos como encajes raídos.
De hecho, todos son iguales, porque todos son de mujeres en diferentes estados de desnudez. Son rápidos, improvisados, apenas unos trazos, sin contorno ni sombras, realizados en un minuto o dos.
Mujeres etéreas, vacías, como figuras de un libro infantil de colorear.

En uno una mujer se sienta a horcajadas en el brazo de un diván, girando su torso en un lánguido estiramiento. En otro una mujer que lleva un traje de cuello alto y botas se toca sensualmente bajo las capas
de su enagua, por una abertura de sus calzones. Otro muestra a una mujer de mirada directa con ligas, medias y una blusa. Otro es un dibujo de una mujer tumbada de espaldas con sus piernas hacia un lado, con sus glúteos dominando la hoja con sus hombros en escorzo y la cabeza apenas insinuada con una marca.
Sé los nombres de todas estas mujeres. Ahí están Alma, y María, y Mizzi, y Adela. A algunas las conozco bien, a otras me las crucé en un momento dado entrando o saliendo del estudio, y a otras no las vi jamás, pero he pensado mucho en ellas y oído contar tantas cosas a través de los años que siento como si fuera íntima de cada una. Conozco sus vidas.
Pero al decir que los dibujos eran todos iguales, no he sido del todo exacta. Uno es distinto. Es el de un hombre abrazando a una mujer que está con la cara girada hacia el espectador con expresión de arrobo. Coloco éste el último, me duele demasiado mirarlo.
Esto es todo lo que pude traerme de Viena, los dibujos de Gustav.
Él nunca les hizo mucho caso ni los consideró seriamente como arte; eran bosquejos, investigaciones, esquemas, copias, errores. Pero ahora puede que sean las únicas cosas suyas que sobrevivan y tengo que cuidarlas, a falta de otras más importantes o más acabadas.
Debo examinarlas con detalle, descubrir paralelismos entre ellas y situarlas en su contexto histórico para alguien, alguien que en el futuro pudiera estar interesado. Mientras tanto son mías, estoy sola con ellas, y las contemplo para mantenerlas vivas.
Recorro a tientas el camino hasta mi escritorio y enciendo la lámpara de aceite. Me acerco hasta el tocador y me siento ante el espejo. Mi pelo es blanco aunque todavía espeso y ondulado. Mis facciones no son tan afiladas como lo fueron en su día. Un artista pasaría por alto algunas arrugas en mi barbilla y mi cuello para no herir mis sentimientos. Pero mis ojos siguen siendo tan penetrantes como lo eran cuando tenía doce años. Me quito las peinetas del pelo, peinetas de marfil que en su día pertenecieron a mi madre y que mi padre le compró en Venecia, y dejo que el cabello caiga sobre los hombros. Helene suele llamarlo pelo de bruja. Piensa que las mujeres de cierta edad deberían recogerse el pelo muy prieto, como Gertrude Stein. Me lo dice mientras juega con su oscura y gruesa trenza, cubierta con una fina escarcha. Creo que cuando tenga setenta años lo verá de otra forma, pero sólo le digo que cuando yo esté muerta puede hacer conmigo lo que quiera.
Las cerdas de mi cepillo de plata están amarillas y blandas por el tiempo y su roce, poco profundo, no produce ningún efecto en los nudos de mi pelo. Busco en el cajón y saco un par de tijeras.
Podría cortarme el muslo al hacer un agujero en mi humilde ropa interior. La piel de mi muslo es fina como papel de fumar. No sería difícil terminar conmigo: una pequeña herida por incisión que se infecta, un poco de veneno en la sangre. O podría rasgar el tejido de algodón como si estuviera abriendo una caja. El trozo desgajado caería al suelo como confeti. Podría volver a la cama y abrir las piernas subiéndome la falda de mi vestido hasta la cintura. Podría meter la mano en el agujero abierto y frotar con mis dedos arriba y abajo. Podría colocarme en una de las poses de la carpeta. Si lo hiciera, quizá Gustav aparecería con el caftán rojo que diseñé para él, tan parecido a Juan Bautista. Posaría para él como nunca lo hice en vida, y me dibujaría igual que lo hizo con las otras.
Pero no hago nada de eso y Gustav no aparece. Por el contrario, vuelvo a dejar las tijeras en el cajón, apago la lámpara y me arrastro hasta la cama. Tal vez durmiendo pueda volver a Viena, al estudio.
Tal vez soñando los dibujos que hay junto a la cama se conviertan en algo más que borrosos trozos de papel. [...]

Si querés saber cómo continúa, visitá una librería; allí, seguramente, podrás descubrir que leer es un placer...

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